El vino es la
bebida más antigua de la que se tenga conocimiento; y las razones de su éxito,
el lograr mantenerse durante siglos como sinónimo del buen vivir, se deben sin
dudas, a que el vino es una bebida totalmente natural y sana, y que, en su
justa medida, favorece ciertas funciones del organismo humano.
El vino no es una bebida como cualquier otra, ya que por su
naturaleza orgánica se encuentra permanentemente en evolución.
Por ello, no es
lo mismo tomar un vino de cuatro años de cosecha, que de dos años de cosecha,
por más que se trate del mismo producto. La diferencia de sabor va a estar dada
por la evolución del vino en el tiempo.
Estos párrafos pretenden ser una breve guía con algunos consejos, simples y útiles, para el manejo, tratamiento y degustación del vino.
En principio
existen dos tipos de bebidas alcohólicas: las fermentadas y las destiladas.
La fermentación es un proceso que ocurre
naturalmente al entrar en contacto un líquido azucarado con una levadura. Esta
última transforma el azúcar en alcohol y dióxido de carbono.
Las principales bebidas fermentadas son el
vino y la cerveza, ambas de baja graduación alcohólica.
A su vez hay cuatro tipos de vinos principales
obtenidos todos de fermentos de uva:
- vinos de mesa,
- vinos espumosos,
- vinos fortificados y
- vinos aromatizados.
Hecha a base del
fermento de malta de cebada, nace la cerveza, existiendo en diversas partes del
mundo otras bebidas alcohólicas a partir del fermento de otras plantas, son
ejemplo de ello el sake, hecho en
Japón a partir del arroz, y el pulque,
elaborado en México a partir del agave.
Por otro lado
hay dos clases de bebidas destiladas: los
aguardientes y los licores. Los aguardientes son alcoholes secos, cuyo
contenido de azúcar está por debajo del 2%. En las bebidas destiladas, el
alcohol se extrae de un fermento, lo que produce bebidas de alto contenido
alcohólico.
El cognac, por ejemplo, se elabora a partir
de alcohol que se extrae del fermento de la uva o vino. El whisky escocés es el alcohol que se extrae del fermento de la
cebada o cerveza, pero sin lúpulo. Al igual que el vino, ambos son añejados
luego en barricas de roble.
Los licores, en
cambio, son bebidas dulces, no secas, pues en su elaboración se agrega una
considerable cantidad de azúcar al alcohol, usualmente del orden de 35%, a los
que se han dado sabores diversos mediante segundas destilaciones o la adición
de extractos.

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